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vendredi 28 juin 2019

Una emoción que transforma - Fabiana Fondevila

En el segundo que te lleva leer esta frase, y a mí escribirla, 1.5 millones de litros de agua se derraman estrepitosamente en las Cataratas de Iguazú. En el espacio estalla en gases de colores una Supernova. En el Ártico atraviesa el cielo una Aurora borealis. En miles de esquinas, se dibujan arco iris. En incontables ramas de incontables árboles, cientos de horneros dan la última pincelada de barro a sus nidos. En el mismo segundo, nacen cuatro bebés en el planeta y muere una persona. Mientras tanto, el planeta gira sin prisa y sin pausa en torno de una bola de fuego incandescente que nació hace 4.603 billones de años y morirá en unos cinco billones más.
Puede que el leer esta sucesión de hechos te provoque -como a mí, el escribirlos- cierta emoción; algo así como una sensación de abismo y sorpresa y maravilla y pavor, todo al mismo tiempo. Esa compleja y adrenalínica emoción se llama asombro, y hoy la ciencia confirma lo que los sabios han dicho de ella desde el comienzo: es la más fecunda y transformadora de nuestras vivencias, porque nos pone en contacto directo con el misterio de la existencia.
¿Qué es el asombro, en pocas palabras? Es la respuesta emocional a un estímulo físico o conceptual tan extraordinario que desafía nuestra comprensión del mundo y de la vida. Los fenómenos que nos producen asombro nos dejan boquiabiertos, la respiración suspendida en la inhalación, como si quisiésemos hacer lugar para algo que no cabe. El tiempo, también se detiene. Frente a ese cielo estrellado, a esa nube de tormenta de la altura del Aconcagua, a ese mar que no tiene tamaño, no logramos pensar ni por un momento en lo que tenemos que hacer al día siguiente, lo que quedó sin hacer ayer, lo que vendrá algún día. Todo es puro presente, y el placer de habitarlo sin distracciones.
¿Cuáles son las características del asombro, que hacen de esta emoción una experiencia tan especial? En su presencia nos sentimos pequeños, infinitesimales. Pero, curiosamente, a la vez enormes, infinitos, porque algo en nosotros reconoce nuestra pertenencia a eso maravilloso que estamos viendo.
Investigadores del Greater Good Science Center, de la Universidad de Berkeley, en California, descubrieron que, tras experimentar unos momentos de asombro, las personas se muestran más satisfechas con sus vidas, más generosas y proclives a ayudar, y más en paz con el tiempo del que disponen. A la vez, como explica la psicóloga Lani Shiota, a diferencia de otras emociones positivas (como el orgullo y el entusiasmo), que producen efectos benévolos en el organismo pero también una cierta distorsión cognitiva, el asombro relaja el organismo sin nublar ni un poquito la mente.
¿Qué nos produce asombro? Los fenómenos de la naturaleza (por bellos, magníficos o misteriosos), las capacidades extraordinarias de la mente o del cuerpo humano, ciertas piezas musicales, ciertas obras de arte, el registro de la infinitud en la que habitamos, los actos heroicos (de gran bondad, coraje o resiliencia), todo lo que es vasto e imponente, y que nos recuerda -en algún sentido- nuestro verdadero tamaño.
Pero fuera del asombro que nos suscita lo vasto –a veces, con un dejo de temor reverencial-, es posible también sentir asombro por lo pequeño y cotidiano, si solo lo miramos con una actitud especial: el corazón abierto, los ojos frescos, la decisión de borrarnos las telarañas de la costumbre y volver a ver, como por vez primera. “Si estás aburrido, no estás prestando atención”, dijo Fritz Perls, creador de la terapia gestáltica.
Si dejamos de correr por un momento (con los tiempos que la vida actual nos impone), y miramos a nuestro alrededor, percibiremos rápidamente que estamos rodeados de maravillas, y que cada una de ellas –la forma en que entra el sol por la ventana, la temperatura y el aroma del café que tomamos, la mesa de madera que trae la naturaleza puertas adentro, los ojos de quien nos mira- son únicos e irrepetibles, y motivos de celebración. Así es que aparece una nueva emoción, tan vinculada al asombro que parece una prima hermana: la gratitud. Si todo es milagroso, como propuso Einstein, todo merece ser mirado con el corazón abierto y receptivo a esa condición.
De los muchos caminos para llegar a esa vivencia trata mi libro, Donde vive el asombro. Pero confío en que cada uno sabrá encontrar el propio. El asombro está tan cerca como la decisión de abrir los ojos, respirar hondo y dejarnos atravesar por la vida. En este instante, donde sea que estemos, por el puro deseo de despertar.

Fabiana Fondevila

Quienes quieran explorar esta emoción con un grupo de almas afines, pueden sumarse al taller Viaje al asombro, que comienzan a mediados de junio. Todos bienvenidos!

Fuente: https://www.fabianafondevila.com/el-asombro-una-emocion-que-transforma/?fbclid=IwAR3BkJrQ4bpM9k17fIOhnIDd1Aovk-CN2QD3wrGR8eDecCTDsh6_sSJ2VD8

vendredi 1 février 2019

¿Qué son las emociones esenciales? - Fabiana Fondevilla

Todas son matices del amor, son reflejos de esa profundidad.

- El asombro es el amor más la consciencia del misterio.
Es una de las emociones más transformadoras si las vivimos a menudo. Nos conecta con el misterio. El pensamiento colapsa porque no hay como explicar lo que estamos viendo y algo distinto se abre, la dimensión del misterio - propia de lo espiritual. Podemos provocarnos asombro.
Espacios de interacción con la naturaleza. Ver más el cielo, contactar con lo que los árboles representan. Naturaleza... ver documentales sobre estos temas.
Leer historias de personas asombrosas, recordar hechos asombrosos de la historias, cosas asombrosas que nos han pasado a nosotros.
Escuchar piezas musicales que nos impacten, toda forma de arte. Salirnos de lo habitual, viajar.
Tratar de ver lo habitual con otros ojos, eso es el asombro. Puede ser una emoción profundamente transformadora.
- La alegría es el amor más el deleite. La alegría también es una emoción sanadora y tiene unos correlatos con nuestra salud.
Detectar los momentos en la vida en los que ya estamos sintiendo alegría y saborearlos.
Contrarrestar la tendencia negativa del cerebro con la voluntad de apreciar lo bueno que tenemos.
La alegría de vivir, la alegría que nos genera gratitud.
- La compasión es el amor más la consciencia del sufrimiento del otro y el querer ayudarlo.
A diferencia de la empatía, que es la percepción de los sentimientos de otra persona, es además el deseo de ayudar.
- El perdón es el amor más la consciencia de nuestras falencias
Todos hemos dañado, todos hemos defraudado, y hemos sido a la vez dañados y defraudados porque es parte de la condición humana.
Sostener el enojo por mucho tiempo es altamente dañino para la salud física y mental. El primer beneficio cuando decidimos perdonar y hacemos prácticas para perdonar, es el alivio y el bienestar que nos va a traer a nosotros.
- La gratitud es el amor más la consciencia de un bien que nos llega por gracia, también se entrena.
Que nuestras "gracias" estén acompañadas por las miradas y las sonrisas, acompañadas por el corazón.
El amor también lo podemos practicar.
- Ver y ser vistos. Dejarnos ser vistos, todos tenemos cosas que no queremos mostrar - vulnerabilidades, miedos, angustias.
Tratemos de ver más allá de los ojos de las personas y de sus máscaras, y veamos su corazón sufriente, deseoso de amar y ser amado.
Animémonos a mostrar a su vez, nuestro propio corazón desnudo.
- Tener a mano unas preguntas cuando dudemos respecto de qué hacer.
Siendo yo una persona amorosa, ¿qué es importante hacer en este momento?
Confiando en el amor, ¿qué es lo correcto?
Cada una es una modulación del amor, por eso son tan importantes.


¿Qué son las emociones, y por qué nos cuesta tanto vincularnos positivamente con ellas?
¿Qué hacer con las emociones aflictivas?
¿Cómo cultivar las emociones esenciales?
¿Cómo sería intimar con las propias emociones?
¿Podemos hacer de todas nuestras emociones un conducto al amor?

vendredi 6 juillet 2018

Perderle el miedo al miedo - Fabiana Fondevila


La escena es del filme de culto adolescente Donnie Darko (2001). Una docente les enseña a sus alumnos una línea de tiempo dividida que se extiende entre dos opuestos: el miedo y el amor. El miedo, explica, está en el espectro de energía negativa, y el amor en el de energía positiva. Luego les reparte a los alumnos tarjetas con diversas acciones (copiarse en un examen, encontrar una billetera y quedarse con el dinero) y les pide que las ubiquen en algún lugar de la línea. Cuando le toca el turno al personaje principal, el lúcido y atribulado joven se rehúsa a cumplir con la consigna. "La vida es más compleja que eso", argumenta, con comprensible fastidio.
Lo que la docente intenta transmitir a sus alumnos es un concepto tan difundido en ámbitos psicológicos y espirituales que se ha vuelto incuestionable: la idea de que el miedo y el amor son las únicas dos emociones primarias, y que la vida es una suerte de batalla entre una y otra. "El miedo es lo opuesto al amor", repiten innumerables libros, artículos y citas. Por extensión, se entiende que ambos no pueden coexistir, y que para abrazar al amor debemos trascender el miedo. En la comprensión errónea de este último verbo reside, a mi entender, la confusión.

Empecemos por una pregunta básica: ¿qué es el miedo? El miedo es una señal que se expresa en el cuerpo ante la presencia de un peligro. En ese sentido, es un impulso vital, gracias al cual sorteamos un montón de situaciones cotidianas, sin siquiera saber que el miedo es lo que está operando. Cada vez que esquivamos autos al cruzar la calle, manejamos con cuidado en una tormenta, o tomamos un sinfín de acciones para evitar escenarios riesgosos o catastróficos, está operando el miedo. Compartimos este impulso vital con el resto de los animales, y hasta con los organismos unicelulares, que se contraen en la presencia de posibles amenazas.
Por supuesto, en el ser humano este impulso reviste mayor complejidad: gracias a nuestro sofisticado psiquismo, no solo podemos percibir amenazas en nuestro entorno inmediato, sino que podemos recordar amenazas pasadas, anticiparnos a amenazas futuras, fabricar amenazas que no existen, y hasta desestimar las que tenemos delante de nuestras narices.

Gavin de Becker, experto en seguridad y autor de "El regalo del miedo. Señales de supervivencia que nos protegen de la violencia", tiene como parte de sus funciones acudir a las escenas donde se cometieron crímenes, a dialogar con los sobrevivientes. Cuenta en su libro que quienes sobrevivieron a un ataque casi siempre pueden recordar a posteriori alguna señal intuitiva de peligro que desestimaron. En otras palabras, sus cuerpos tomaron nota de algo inquietante y sus mentes lo negaron. "Solo los seres humanos pueden mirar directamente a algo, quizás tener toda la información que necesitan para hacer una predicción precisa, y luego decir que no es así".
¿Cuál es el regalo del miedo, cuando este opera orgánicamente? Proveernos de foco, intuición, claridad y capacidad de reacción. En momentos en que la amenaza es inmediata o inminente, dice de Becker, no nos sirve el razonamiento ni todo nuestro arsenal de conocimientos previos, ya que este es general, mientras que la amenaza es siempre puntual y específica. El cuerpo, en cambio, actúa por nosotros en milésimas de segundo, valiéndose de una inteligencia instintiva de billones de años de antigüedad. Esto corroboran los muchos casos que relata el especialista de personas que lograron salir vivas de situaciones de violencia, escuchando señales que en otras circunstancias desoiríamos. Por ejemplo, el caso de la chica que, tras ser violada en su departamento, logra escapar de una muerte segura siguiendo una intuición: cuando el violador le dice que iría a la cocina a tomar agua y partiría, y que no se moviera del cuarto, ella percibe en el cuerpo que esa no era su verdadera intención, y en lugar de quedarse hecha un ovillo, esperando su partida, se envuelve en una sábana y lo sigue por el pasillo a milímetros de distancia, como un fantasma, hasta la puerta de entrada, y logra escapar. En efecto, el hombre iba a la cocina a buscar un cuchillo para acabar con su vida, como había hecho con sus víctimas anteriores. Ella le dijo a de Becker, después: "No pensé nada, mis piernas me levantaron y lo siguieron, sin que yo participara".

Los sucedáneos del miedo

Ahora bien, las amenazas que nos generan miedo en nuestra vida cotidiana no suelen tener esa magnitud ni esa inmediatez. Nos asustan las cuentas a pagar a fin de mes, las conversaciones difíciles que sabemos que debemos tener, la idea de que alguien desapruebe de algo que hacemos, decimos o pensamos, la posibilidad de sufrir alguna calamidad. Nuestros miedos son mayormente psicológicos, y no siempre son de vida o muerte, aunque así los sintamos.
¿Qué forma toman estos miedos? Las dos más habituales son: la ansiedad (una forma difusa del miedo, de menor intensidad y mayor duración; muchas veces con causa incierta), y la preocupación (una forma del miedo mental y rumiante). Y si bien la amenaza en estos casos no es inmediata, sí lo es la reacción que despiertan estos estados en el cuerpo: el corazón que late desbocado, los torrentes de adrenalina y cortisol que cursan por nuestras venas, preparándonos para luchar o huir. Está claro que no son estas las respuestas que estas situaciones requieren, y que vivir presos de la ansiedad y la preocupación puede enfermarnos, o al menos ir en desmedro de nuestra calidad de vida. ¿Qué hacer, entonces? Aquí, una propuesta:
1.Ponerle nombre al miedo que hay detrás de la ansiedad o la preocupación. Nombrarlo ya genera un grado de separación, y nos recuerda que no somos lo que estamos sintiendo, sino apenas aquel o aquella que percibe esos pensamientos, emociones o sensaciones en el cuerpo.

2.Escribir o hablar acerca de nuestra preocupación con alguien de confianza, y preguntarnos qué medidas concretas podemos tomar para resguardarnos de que suceda el escenario temido, o prepararnos (haciéndonos de recursos) para estar mejor parados para enfrentarlo.

3.Procurar distinguir la amenaza real de la imaginaria. La amenaza real es siempre algo que está ocurriendo en nuestro entorno o situación puntual, y que pueden percibir otros al igual que nosotros. La amenaza imaginaria se emparenta más con un recuerdo personal, o con algo proyectado en el futuro, sin mucho asidero en los hechos concretos.

4.Si la emoción persiste, es hora de echar mano al amor. El amor es una emoción, pero también un estado del ser que está más allá de las contingencias: es la esencia que subyace. Podemos buscarlo en el abrazo de un amigo, pero también encontrarlo en nuestros propios corazones. Hay infinitas meditaciones que ayudan a hacer espacio para aquello que nos pesa, nos duele o nos atemoriza, sin necesidad de proscribirlo. Muy por el contrario, la invitación es a respirar, aflojar la panza, ponernos las manos en el corazón y hacer lugar para la emoción que quiera presentarse, abrazándola sin juzgarla, como se abraza a un niño herido o asustado.

Aquí, entonces, la distinción con la antinomia que mencionábamos al comienzo. Trascender no es negar ni moverse hacia al polo opuesto, sino vivenciar, aceptar y solo como consecuencia, saltar una octava y habitar un continente mayor. Pasar a segundo grado no es desaprender lo que aprendimos en primero ni denostarlo, sino incluirlo, agradecerlo, y superarlo. En otras palabras, no vamos por otra cosa, vamos por más.

Nunca "superaremos" el miedo. Mientras tengamos cuerpo, emociones y sensaciones -mientras estemos vivos- habrá motivos para el miedo. Tendremos miedo ante situaciones de peligro, al encarar algo nuevo, al decir el primer "te amo", al compartir algo que nos expone, al enfrentar una enfermedad propia o de un ser querido. Tendremos miedo, porque la vida incluye la oscuridad, la separación, el dolor y la muerte. Pero, por fortuna, también incluye al amor, que puede tomar el miedo en sus brazos, aceptarlo tal y cual se presenta, y decirle que, con susto y todo, la vida es un riesgo que bien vale la pena.