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vendredi 14 septembre 2018

El caso en contra de las carreras - Andrew Taggart

Cuando los niños americanos son jóvenes, son interrogados repetidamente por sus padres, profesores y otros adultos sobre qué quieren ser cuando crezcan. A mi mejor saber y entender, raramente un adulto inquisitivo espera escuchar: "Un ser humano gentil abierto a lo que la vida me traiga."
La cuestión de qué "ser" o mejor, qué ocupación escoger, pronto se convierte en una de las ideas fijas de los niños, algo que con el tiempo, toma el centro del escenario en sus esperanzas y sueños más pragmáticos para el futuro. El jardín de niños hasta el grado 12 han llegado a funcionar como una forma de producir trabajadores de conocimiento, impulsando cursos en STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería, Matemáticas) mientras se aseguran que las clases de Taller de Madera y ética continuarán pasadas de moda o se mantendrán "lo que hacen pocos niños extraños". Posteriormente, las universidades forzosamente impulsarán esta agenda empleando consejeros profesionales, creando centros de recursos profesionales, haciendo seguimiento de la colocación de carreras profesionales e incentivando con estas estadísticas a los futuros estudiantes. Todo lo que mantendrá girando el molino.
A través de sus años de formación, entonces, los jóvenes están siendo martillados con la idea de que necesitan tener una carrera - no solo cualquier carrera sino más especialmente una carrera que "valga la pena" y que sea "satisfactoria". Esta narrativa se ha enrizado profundamente en el sentido común que se ha vuelto dificil incluso verla mucho menos cuestionarla.
Pero la cuestionaré. Soy lo que Kate McFarland y D. JoAnne Swanson llaman un "anti-carrerista" y le invito a que se vuelva uno también.

¿Qué es una carrera?

El expresidente de Facebook, Sean Parker, una vez remarcó, "pienso que una carrera es algo que su padre trae a casa en un portafolio cada noche, luciendo cansado." Pienso que es peor que eso. Creo que las carreras son una idea mala y destructiva - no solo para la persona que se embarca en una, sino para todos.
Pero para ver esto, primero necesitaremos comprender qué es una carrera.
Una carrera no se reduce a un trabajo o a una cadena de trabajos. Un trabajo, una invención conceptual del siglo XIX, es una manera de empacar, mediante un contrado empleador-empleado, alguna contribución razonable que el empleado puede querer hacer al mundo jungo con medio de vida (un pago estable) y un conjunto de beneficios (nada menos que la cobertura en salud, que se ligó con un empleo remunerado solamente después de la segunda guerra mundial). Pero si tenemos trabajos cuando somos chicos, con toda razón no pensábamos que esos fueran, en la mayoría de los casos, el comienzo de nuestras carreras. Esto es porque una carrera es cierta clase de relación continua que tenemos con un trabajo remunerado ( o con una mezcla de trabajo no remunerado y remunerado). ¿Pero qué clase de relación es esta?
Una carrera es una historia de progreso en primera persona centrada en el trabajo sobre el transcurso de la vida de un individuo, una historia que confiere un sentido de propósito y unidad sobre unas experiencias de trabajo específicas (prácticas, trabajos, actuaciones, proyectos, premios, promociones, etc.) como también una identidad formal (periodista, bombero, contador, coach ejecutivo, consejero de arte independiente, etc.) sobre un individuo. El objetivo de la carrera y entonces la vida del carrerista es el éxito en el trabajo.
Esta definición aplica tanto al Hombre de Organización de mitad de siglo, un trabajador que intercambia lealtad a una organización particular por un empleo potencial de vida allí, como también a la figura más reciente llamada un "dueño de portafolio". Un "dueño de portafolio" es alguien que, siento un producto del siglo XXI, "se inspira en otras disciplinas para crear una carrera personal adaptable y diversificada". Esto es una carrera personalizada y no estandarizada. El "dueño de portafolio" puede pertenecer a ninguna industria u ocupación establecida, pero de alguna forma toma lo que está haciendo para ser una pieza del portafolio de carrera que está diseñando.
Ya sea es Carrera 1.0 (que promete avance de carrera mediante promociones y el recibo de más títulos senior, con frecuencia en la misma organización estable y multi-generacional) o Carrera 2.0 (que requiere un portafolio personalizado que pueda demostrar el avance propio a través de un mundo de trabajo precario que es dominado cada vez más por proyectos independientes y a corto plazo) no importa. Los dos presumen la centralidad de una historia que me cuento a mí mismo no solo sobre el trabajo que hago, sino sobre todo, sobre quién soy.

Cómo "la muerte de Dios" llevó al nacimiento de la carrera

En 1882,  Nietzsche contó la historia terrible de un hombre loco que una mañana brillante corrió en el mercado, proclamando que aunque había buscado a Dios durante mucho tiempo, no podía encontrarlo. Y la razón por la que no podía encontrarlo es que, "Lo hemos matado, usted y yo! Todos somos sus asesinos". Mientras tanto, la multitud se ríe de la "diversión" y puede solamente mirarlo "con sorpresa". El concluye que el "evento prodigioso aún está en cambino": La Muerte de Dios ya ha ocurrido - sin fanfarria - pero no el reconocimiento amplio cultural de su magnitud, de su gran importancia para ellos y para las futuras generaciones.
Para ser claros, la parábola no tiene que ver con una pérdida individual de la creencia en Dios (algunos individuos creen y seguirán creyendo), sino más con la pérdida de una imagen metafísica compartida del universo. Esta es la pérdida, no menor, de lo que otro filósofo, Jean-Francois Lyotard, una vez llamó una “metanarrativa,” una manera compartida de dar sentido del cosmos y de brindar sentido a millones de seres humanos. Y así, todo lo que ha guiado a la cultura Europea durante miles de años ha sido barrido abruptamente, dejando solamente el aquí y el ahora, el polvo y el hueso de la tierra, a su paso.
Sin la creencia de que mi vida es parte de un drama cósmico que se desarrolla alrededor y a través mío, estoy inmerso en un nuevo mundo donde creo que solamente tengo una vida para vivir; donde estoy existencialmente solo en todo esto; y donde no puedo hacer más que trabajar en el mundo antes de desaparecer de él. No es sorprendente entonces que conceptos seculares surjan en este tiempo para brindar una nueva, aunque inadecuada forma a las vidas humanas. Las cuatro que tengo en mente son: placer, amor romántico, deportes y carreras. Estas preocupaciones seculares se han convertido esencialmente en las únicas que la mayoría de personas han aceptado hoy. Buscamos el placer sexual a través de vínculos sueltos de amistad (pasando el rato mientras bebemos cerveza) y a través de la forma consensual de moralidad sexual (testimonio de la cultura de conexión de Tinder); buscamos el amor romántico monógamo con la esperanza de que satisfará nuestras necesidades emocionales más profundas; nos dedicamos al ejercicio físico o hacemos deporte, un pasatiempo solamente popularizado en los últimos 100 años, como un fin en sí mismo y como un medio para mejorar la salud por el bien de una mayor productividad; y seguimos carreras, las cuales solo fueron inventadas en el siglo XIX y solamente llegaron a ser prominentes después de la segunda guerra mundial, como los objetivos finales de nuestras vidas.
Sin saberlo, aceptamos las carreras por nuestro riesgo, pues la carrera es un pálido sustituto para la pérdida de una visión y una fe compartida culturalmente. Esta es la pérdida metafísica e histórica mundial, una pérdida que aún no hemos reconocido, ni mucho menos duelado.

Por qué la carrera es algo bastante malo

Para empezar, se basa en justificaciones de acciones (o inacciones) lo que está enfocado estrechamente en el interés personal. No es que realizar una cirugía sea necesariamente algo malo. Pero si el doctor realiza la cirugía expresamente porque está tratando de avanzar en su carrera, entonces pude estar realizando una cirugía innecesaria y el paciente puede ser puesto en riesgo innecesariamente. Y esto no es un caso aislado, siempre que estar comprometido con el carrerismo fácilmente lo compromete también con dar justificaciones a sus acciones (o inacciones) que no están primariamente centradas en lo que sea correcto hacer para las personas relevantes a mano sino en las mejores formas de ir adelante.
En el peor de los casos, estos patrones justificatorios nos enseñan a ser solipsistas insensibles. Por lo menos, su presencia nos hace estar enredados en conflictos creados por el mismo carrerismo: ¿Hago lo correcto solo porque es lo correcto y entonces corro el riesgo de sacrificar mis propias ambiciones? ¿O promuevo mis ambiciones a expensas posibles o reales de otros? Esta clase de conflicto puede no estar presente en cada caso, pero está construido en la estructura del carrerismo.
En la cima de justificaciones egoístas es incluso una ilusión mayor. La clase de trabajo-centrismo suscrito por la carrera nos enseña a cada uno de nosotros a identificarnos con el trabajo que hacemos y como resultado estar completamente apegados a esa identidad. Consecuentemente, muchas personas se sienten ansiosas cuando esa identidad es amenazada, orgullosos cuando es afirmada y totalmente perdidas cuando desaparece.
En nuestra sociedad de trabajo, por ejemplo, los ancianos a menudo no tienen lugar o rol a jugar después de que no pueden trabajar más. Una mujer que necesitaba retirarse de su cátedra debido a un lupus me escribió recientemente para decirme que el "foco amplificado en el trabajo (en nuestra cultura) no solamente disminuye la vida en las formas que usted describe, sino que también marginaliza al mayor y al enfermo, y roba a los jóvenes de una infancia imaginativa". Ella concluye: "No hay modelos culturales en nuestro mundo para el ocio con dignidad". Y esto es así porque no hay modelos culturales vigentes que nos inviten a desidentificarnos de lo que sea que hacemos y así podamos continuar el trabajo que hacemos por el tiempo que lo hacemos y con el cuidado adecuado, pero sin quedar colgados con serlo. Al perpetuar esta fuerte identificación, la carrera termina causando sufrimiento a todo tipo de personas.
Guiar desde la crianza del egoísmo y el empujón hacia la fuerte identificación es la objeción más contundente a la carrera. Es que la carrera impide sentir la ansiedad vital existencial que de otra forma sentiríamos al obligarnos a confundir cualquier mínima satisfacción que encontremos a través de las historias del trabajo con un sentido de plenitud suprema. Pero esta última es una promesa que simplemente la carrera no puede cumplir. Ningún trabajo que hagamos, sin importar cuán satisfactorio pueda ser, puede ofrecernos un sentido de máxima realización. Solamente las experiencias trascendentes, aquellas que nos llevan más allá de nuestro sentido ordinario de ser y entonces nos revelan nuestro hogar en el cosmos, pueden brindarnos la satisfacción duradera que buscamos. Ninguna acción humana por sí misma puede traer gracia y nada menos lo hará.
Si, por lo tanto, garantizamos que ningún trabajo que hagamos puede proveernos con una realización suprema, entonces estamos inconscientemente lanzándonos a la pregunta existencial: ¿quién o qué soy realmente si no soy lo que hago para vivir? ¿Quién soy si no soy la historia centrada en el trabajo que he estado contándome todos estos años? ¿Por qué estoy aquí si no estoy fundamentalmente aquí para eso?

Una idea mala pero persistente

Durante mucho tiempo, la carrera ha sido una idea mala pero persistente. Se ha aferrado a la vida social, algunas veces cambiando de forma, casi siempre preocupada en vano por su apariencia vana. Pero su tiempo ha llegado.
Debemos dejar de preguntar a nuestros niños lo que quieren ser cuando sean grandes. Es una pregunta perniciosa. Y debemos querer vivir en un mundo donde la pregunta concreta, "Qué hace?", sea vista tan terriblemente vulgar que no vale la pena una consideración seria. Debemos matar esa pregunta también.
En cambio, debemos preguntar a nuestros niños, cómo en un sentido fundamental, desean vivir; qué y por quién quieren cuidar; lo que finalmente buscarán; por qué o por quién están dispuestos a morir; en qué formas pueden estar abiertos a lo que la vida les brinda; y cómo pueden, mientras mueren, estar tan llendos con la vida que cierren sus ojos libres de arrepentimientos y resentimientos y en paz con todo lo que es.

Matar la carrera - llámela la Muerte de la Carrera - es comenzar a despertar a la vida.

Fuente: https://work.qz.com/1342191/a-modern-workforce-needs-a-new-take-on-careers/

vendredi 29 juin 2018

Soy un "anti – carrera" y usted también debería ser uno

Desprecio las carreras. No esta o aquella carrera sino todas las carreras. Quiero decir que desprecio el concepto de “carrera” porque creo que es una mala idea – y destructiva.
Soy un "anti-carrera". Kate McFarland, proponente de un estilo de vida "anti-carrera" y quien creó el concepto, define a un anti-carrera como “alguien que escoge rechazar la búsqueda de una carrera en su propia vida.” Lo que me hace un anti-carrera en un sentido incluso más fuerte u objetivo, pues creo que poner cualquier carrera al frente y en el centro de la propia vida, sin importar quién sea uno o en qué carrera uno esté, es una idea mala y destructiva.
Mi objetivo es convencerle de ello.

¿Qué es una Carrera?

El ex presidente de Facebook, Sean Parker, una vez declaró: “Creo que una carrera es algo que su padre trae a casa en un maletín cada noche, luciendo cansado.” Sentimiento con el que estoy de acuerdo, pero como definición sigue siendo confusa. Está bien entonces, ser más claros primero sobre lo que voy a atacar vehementemente.
Una carrera no se puede reducir a un trabajo o a una cadena de trabajos. Cuando niños, algunos de nosotros tenía trabajos (y un trabajo puede ser comprendido en parte, como lo expresa Robert Bellah et al. “una forma de hacer dinero y ganarse la vida”), pero con razón no pensamos que esto fuera el comienzo de nuestras carreras. No, una carrera es cierta clase de relación continua que tenemos con un trabajo remunerado (o con una mezcla de trabajo no-remunerado y remunerado). ¿Pero qué clase de relación es esta?
En su libro Hábitos del Corazón: Individualismo y compromiso en la vida americana, Robert Bellah et al. define una carrera como “el trabajo [que] traza el progreso de una persona a través de la vida por logros y avances en una ocupación”. Esta definición tiene muchas cosas correctas: la centralidad del trabajo en la vida de cada persona, la importancia del progreso en el trabajo y los hitos claves marcados por los logros y avances en el trabajo. También implica, la idea de que si uno deja las finanzas y entra en la tecnología, entonces uno deja atrás una carrera por el bien de otra.
Sin embargo, el libro, publicado originalmente en 1985, no pudo prever el auge del trabajo independiente y de los portafolios de agentes libres, alguien que, siendo un producto del siglo XXI, “se inspira en otras disciplinas para crear una carrera adaptable, diversificada y personal”. Esto es la carrera personalizada, no estandarizada. Quien ofrece portafolios puede no pertenecer a ninguna industria u ocupación, pero de alguna forma ellas toman lo que está haciendo como una pieza con el portafolio de carrera de su estrategia.
¿Cómo podemos elaborar una definición que combine la Carrera 1.0, del Hombre leal a una sola corporación de la Organización de mitad de siglo, con Carrera 2.0 el agente libre neoliberal?
Definiré cualquier carrera sea la que sea como una historia de progreso centrada en el trabajo en primera persona sobre un curso de vida individual, una historia que confiere un sentido de propósito y unidad sobre experiencias de trabajo específicas (prácticas, trabajos, actuaciones, proyectos, premios, ascensos, etc.) como también una identidad formal (periodista, bombero, contador, coach ejecutivo, asesor de arte independiente, etc.) sobre un individuo. El objetivo de la carrera y entonces de la vida del “carrerista” es el éxito en el trabajo.
Un ejemplo de Carrera 1.0 puede ayudar. Durante un tiempo, las universidades han sido básicamente criaderos de “carreristas” (para ver esto, solamente piense en los consejeros de carrera, los centros de recursos profesionales, contratación de carrera y centros de avance…). Un estudiante va a la universidad y allí es preparado y clasificado en un campo particular o disciplina. Pronto debe elegir una industria para comprometerse (por ejemplo, periodismo), debe adoptar una identidad (un periodista), es alentado para elegir una especialidad (periodismo investigativo) y entonces graduarse y tal vez hasta su retiro se le dice que embarque una historia de progreso centrada en el trabajo y enfocada en asegurar posiciones periodísticas de más y más prestigio, escribir un libro o libros bien recibidos y lograr premios reconocidos por sus colegas en su industria. Este proceso transformativo puede ser traducido en una fórmula: “Yo soy un periodista trabajando en el campo de periodismo específicamente en A, y mediante mis experiencias de trabajo a través de los años estoy tratando de progresar de X a Y en el campo del periodismo”.
Millones de personas están viviendo sus propias versiones de esta historia cada día. Y es bastante malo.

Nueve Argumentos contra el “Carrerismo”

Presento nueve argumentos contra el “Carrerismo”:
Primero, una carrera, que es asumida para ser aplicable a todos (o implica, todos los que tienen suerte), es solamente un concepto de cuello blanco que nunca ha sido aplicado a las personas de clase trabajadora. Instaladores de tuberías, carpinteros y electricistas han tenido sustentos, no carreras. Mis tíos y primos que viven en Michigan rural eran granjeros y tenderos, no “carreristas”. En este sentido, la carrera no tiene en cuenta las desigualdades de clase y estatus y es realmente una forma implícita de esnobismo.
En segundo lugar, una carrera es una ilusión cultural compartida: ninguna carrera, ya sea de la clase que sigue la trayectoria ascendente clásica o ya sea de la variedad más independiente que es modelada en el “portafolio”, puede representar adecuadamente la realidad vivida. Si solamente prestamos atención, pronto descubrimos que nuestras vidas pueden fluir como agua, moviéndose de un lado a otro conforme a muchos factores, especialmente los no relacionados con trabajo. Podemos hacer muchas cosas diferentes en momentos distintos; nuestros intereses pueden subir y bajar o cambiar de dirección; nuestras curiosidades, ir más allá de los límites del trabajo, pueden acceder a energía vibrante en esquinas inexploradas. Siempre que no nos enfrentemos a la fuerza violenta unificadora de la carrera, nuestros días, nuestros años pueden moverse en zigzags, en remolinos y piscinas, en corrientes descendentes, en círculos abiertos. Con respecto a su imagen de lo que una sociedad comunista podría ser, Marx escribió una vez que como “nadie tiene una esfera exclusiva de actividad”, cada quien es libre para “hacer una cosa hoy y otra mañana, cazar en la mañana, pescar en la tarde, criar ganado por la noche, criticar después de la cena” todo “sin siquiera convertirse en cazador, pescador, ganadero o crítico”. Amén a esto.
Tercero, las carreras son grandes trampas. Desde una edad temprana, los niños son adoctrinados en la ilusión cultural compartida centrada en lo que ellos quieren ser cuando sean grandes, son conectados a la educación institucional durante 17 o más años, cargan con una deuda de préstamo estudiantil después de graduarse de la universidad, escuela profesional o escuela de posgrado, están moldeados en una “esfera exclusiva de actividad”, y finalmente ellos están acorralados como esclavos asalariados (en alguna variedad de Carrera 1.0 o 2.0) por el resto de sus vidas – la justificación para todo esto es que estaba al servicio de sus carreras. Es peor que un triste maletín, es un mal negocio.
Cuarto, la carrera infunde en el “carrerista” una auto-importancia inapropiada. Estoy en el centro de mi historia, me apresuro y utilizo al otro para salir adelante, debo darme crédito por lo que he hecho y entonces en mí siempre hay, como el filósofo Bernard Williams expresó tan acertadamente, “un pensamiento de sobra”. No soy, por ejemplo, simplemente amable de una manera intuitiva e inmediata, lo trato con amabilidad porque tengo el pensamiento de ser una persona amable. Doctorarse – un verbo- está bien, pero cuidar a un paciente porque uno tiene el pensamiento de auto-importancia de que uno es un doctor en una trayectoria ascendente no lo es. Sabiamente, en el Tao Te King, Lao Tze escribe que el sabio Taoísta se involucra en “Se trata de crear y, sin embargo, no hacerlo; trabajar y no tomar crédito por ello. El trabajo se hace y luego se olvida.” Una carrera, registrada y siempre actualizada en un CV o resume, no nos dejará olvidar lo que hemos hecho. Cada producto o proyecto, no un regalo, se convierte en suministro para un obituario pretencioso para ser escrito sobre nosotros algunas décadas después.
En quinto lugar, las carreras requieren que seamos transformados en profesionales y el profesionalismo es justo eso tan terrible. La actitud profesional es distante, rígida, efectiva y sobre todo, frígida. El profesional no es el Buen Samaritano, alguien que graciosamente recoge a un extraño moribundo en el camino, pues se acostumbró a decir “Usted no es mi responsabilidad a menos que “su caso” encaje en mi bien definido conjunto de deberes”. A través de un proceso de auto-disciplina profesional, nos enseñamos a nosotros mismos cómo convertir nuestros corazones en hielo. Si giramos nuestra cara a otros como personas, es afortunadamente porque la profesionalización no se mantuvo del todo.
Nuestras deficiencias éticas descritas en los argumentos cuarto y quinto se corresponden con nuestros déficits estéticos. Sexto entonces, reducir nuestra atención por décadas en una carrera nos convierte en seres humanos triviales. Esto es porque volvernos profundos implica nuestra confrontación directa y continua con grandes asuntos existenciales de la vida: nuestro sufrimiento, el engaño de otros, la locura humana, la existencia de una realidad superior, y nuestra distracción con el misterio, las cosas que no entendemos y tal vez nunca podamos entender. La profundidad en nosotros contribuye a la plenitud en la vida. Sin embargo un enfoque único en el éxito de la carrera, nos reduce al extremo de la superficialidad. Nos convertimos, en palabras de Nicholas Carr, en “personas panqueques” y entonces no merecedoras del don de la consciencia humana.
Séptimo el “carrerista” no suma el costo del colapso de la comunidad. Desde al menos el siglo XVIII, la crianza de los hijos Americanos ha sido orientada hacia el desarrollo de “individuos independientes y auto-suficientes”. Para este fin, Bellah et al. enfatizan cómo el tema Americano de “dejar la casa” ha jugado un rol clave en ese desarrollo. La crianza de los hijos les facilita a los jóvenes adultos convertirse en autosuficientes, entonces abandonan su ciudad natal donde crecieron, obtienen alguna clase de educación profesional y gastan sus vidas tratando de dejar huella en el mundo a través de su trabajo. Si, en este esquema educacional, la auto-suficiencia es el tronco del árbol y las ramas son dejar la casa, entonces la carrera es la apertura de la flor. Pero el costo incontable de esta fuerte independencia es la sensación de desarraigo, la destrucción de los lazos intergeneracionales de familia (la vida rural de ciudad pequeña anclada en creencias religiosas ha desaparecido), el aumento inexplicable de la ansiedad y la profunda soledad no expresada de los individuos solitarios viviendo en Nueva York sin nadie más que ellos mismos y conexiones profesionales débiles en las que confiar.
Octavo, tener una carrera es un pálido sustituto de lo que Nietzsche una vez llamó “muerte de Dios”, la pérdida de una comprensión culturalmente compartida de una dimensión trascendente existente más allá de nuestros asuntos ordinarios diarios. La carrera afirma que puede proporcionarnos sentido en cierto sentido más amplio, pero la verdad carece de la capacidad compensar lo que, según Pascal, era un “agujero en forma de Dios” que rodeaba la cultura moderna. La futilidad de una carrera se revela cuando tratamos de pretender que otra tarea, proyecto, ascenso o logro puede ser cualquier cosa menos efímera como la última. Ninguna pieza de trabajo concebida por humanos por sí misma tocará la eternidad o probará ser satisfactoria y duradera.
Noveno y último, una carrera es una historia empobrecida sobre porqué alguien está viviendo y sobre para qué es su vida. Su principal defecto implica plantear al tiempo dos preguntas muy diferentes. “¿Cómo vivir mejor?” es la cuestión primaria, esa de eudaimonia, la buena vida. “¿Cómo continuar sobreviviendo?” es la cuestión secundaria, que se refiere a la supervivencia humana. Comprendida correctamente, la primera pregunta tiene prioridad lógica y existencial sobre la segunda. El caso trágico de suicidios de personas físicamente sanas ilustra esta prioridad: algunas personas tienen todas sus necesidades materiales satisfechas pero aún así no ven razones por las que deberían seguir viviendo. La carrera es engañosa, entonces, en la medida en que nos hace creer que puede responder las dos preguntas al mismo tiempo al subordinar sentido al dominio del trabajo: Estoy aquí para que me paguen, y eso es todo. No, ciertamente no lo es.

Una Idea mala pero persistente

Durante mucho tiempo, la carrera ha sido una idea mala pero persistente. Se ha aferrado a la vida social, algunas veces cambiando de forma, casi siempre preocupándose en vano por su débil apariencia. Pero el tiempo ha llegado.
Debemos dejar de pedir a nuestros hijos qué quieren ser cuando sean grandes. Es una pregunta repugnante, delirante y perniciosa: es poco probable que muchas personas sean una sola cosa a lo largo de sus vidas y, lo que es peor, es un creador temprano de auto-absorción injustificada como también de trivialidad.
Y deberíamos querer vivir en un mundo en el que la pregunta intimidante ¿Qué haces?, sea vista como terriblemente vulgar y que no merece seria consideración. Deberíamos morir a esa pregunta también.
En cambio, deberíamos preguntar a nuestros niños, cómo, en un sentido fundamental, quieren vivir, qué y a quién desean cuidar, lo que finalmente buscarán, qué o por quién estarían dispuestos a morir, y cómo ellos pueden, cuando estén muriendo estar tan saciados de la vida que cierren sus ojos libres de remordimientos y arrepentimientos.

Morir a la carrera es comenzar a despertar a la vida.

Soy un filósofo práctico. Escribo sobre la historia de, el valor de, y nuestras actitudes hacia el trabajo en Quartz at Work. Y recientemente hice una TEDx Talk sobre el concepto de “trabajo total”.

Andrew Taggart
Filosofo práctico, Ph.D. | Ex NYC | Nómada Estacional | Más sobre Andrew Taggart: https://is.gd/PJFXzM


Fuente: https://medium.com/@andrewjtaggart/im-an-anticareerist-and-you-should-be-one-too-86a8c3685164



vendredi 8 décembre 2017

Encontrar su punto óptimo en el trabajo - Scott Belsky

Interés Genuino, Habilidad & Oportunidad
¿Cómo puede generar un impacto real en sus proyectos creativos? El secreto está en la intersección IHO.
Hay dos tipos de trabajo en este mundo, el primero es el trabajo obligatorio, es el trabajo que hacemos por contrato.
El segundo - muy diferente - es el trabajo con intención.
Cuando trabajamos con intención, trabajamos incansablemente en proyectos que nos importan profundamente. Lo hacemos porque lo amamos. Si trabajamos con intención es más probable generar un impacto...
Además de mucho trabajo duro, las carreras creativas están empoderadas en el punto óptimo del trabajo, en la intersección Interés genuino, Habilidades y Oportunidad (IHO). Es en la zona de máximo impacto donde surge la magia.

(1) Interés - Gusto Genuino

¿Qué tema te gusta discutir o leer?
Las carreras creativas comienzan con un interés genuino en un campo en particular. No es necesariamente el que promete mayores beneficios económicos.
La motivación hacia logros sobresalientes viene de un lugar más profundo.

(2) Habilidades

¿Qué habilidades o dones naturales tienes?
¿Qué aprendes fácilmente?
¿Tal vez posees una compasión única por la condición humana?
Las habilidades que tienes son un indicador útil para las oportunidades que es más probable que prosperen bajo tu liderazgo.
Cuando las habilidades se alinean con un interés genuino y una nueva oportunidad, se puede abrir un nuevo camino.

(3) Oportunidad

¿Qué me acerca a mi ingerés genuino?
¿Dónde puedo hallar un progreso?
Desafortunadamente, a menudo es donde nos bloqueamos, descontando las oportunidades potenciales que nos rodean como inadecuadas.
La mayoría de las oportunidades son completamente circunstanciales. Se tratan más de un avance lento, pueden ser conversaciones, conferencias, actividades de networking. Rodearse con más actividad incrementa el flujo de oportunidades que lleva a experiencias relevantes para sus intereses genuinos.

Cuando un proyecto encuentra esta intersección, se entra en una zona de máximo impacto. En tal estado, eres una fuerza potente de la naturaleza, tu pasatiempo se convierte en tu vocación. Puedes trabajar con total convicción, sin ambigüedad, puedes trascender tu dependencia en recompensas a corto plazo y en la aprobación social.
Podemos ayudar a nuestros coachees a encontrar el trabajo en la intersección IHO. Como gerentes, buscar comprender cuáles son los intereses genuinos y habilidades de nuestros equipos, y tratar de crear oportunidades dentro de la zona de intersección. Ser mentores de personas para que realicen sus intereses genuinos, habilidades y que capitalicen incluso en las oportunidades más pequeñas que les rodeen. Toma tus decisiones con una mirada constante en esta intersección.


Scott Belsky es un socio de Benchmark Capital. Previamente fue el Vicepresidente de Comunidad de Adobe y Co-Fundador & Director de Behance, la plataforma online líder para creativos para presentar y descubrir trabajo creativo. Scott ha sido catalogado como uno de las “100 Personas Más Creativas en los Negocios” por Fast Company, y es el autor del libro Making Ideas Happen.

Fuente: http://99u.com/articles/7003/finding-your-work-sweet-spot-genuine-interest-skills-opportunity